Namasté!
Durante las tres últimas semanas hemos ido retirando, una a una, algunas de las identificaciones más profundas que solemos hacer sobre nosotros mismos.
Primero observamos que no somos nuestras emociones, porque aparecen y desaparecen.
Después descubrimos que tampoco somos nuestro cuerpo, ya que cambia constantemente desde el día en que nacemos.
La semana pasada vimos que tampoco somos nuestra mente ni nuestros pensamientos, porque también ellos pueden ser observados.
Y entonces surge una pregunta inevitable.
Si no soy mi cuerpo, ni mis emociones, ni mi mente... ¿quién soy?
Esta es la pregunta hacia la que apuntaba todo el recorrido de Neti, Neti. La filosofía del Vedanta no utiliza esta práctica para dejarnos vacíos o sin identidad. Al contrario, nos invita a retirar todo aquello que cambia para descubrir aquello que nunca cambia.
El yoga propone una respuesta a la que accedemos como resultado de la experiencia: nuestra verdadera naturaleza es Sat Chit Ananda.
Tres palabras en sánscrito que no describen algo que debamos alcanzar, sino lo que ya somos.
Sat significa existencia o vida.
Es aquello que hace que seamos. La presencia que permanece desde nuestro primer instante hasta el último. Nuestro cuerpo cambia, nuestra personalidad madura, nuestras ideas evolucionan, pero siempre sentimos que hay un mismo "yo" viviendo todas esas experiencias.
Chit significa consciencia.
Es esa capacidad de ser conscientes de todo lo que ocurre. Gracias a ella podemos observar el cuerpo, las emociones y los pensamientos. Esa consciencia no necesita hacer ningún esfuerzo para existir. Simplemente está ahí, iluminando cada experiencia, igual que el sol ilumina todo cuanto encuentra a su paso.
Y Ananda significa dicha.
No habla de la euforia ni del placer pasajero. Tampoco de una felicidad que dependa de que todo salga como queremos. Ananda es una paz profunda, una sensación de plenitud que aparece cuando dejamos de luchar por convertirnos en alguien diferente y descansamos, aunque solo sea por unos instantes, en lo que ya somos.
Quizá hayas sentido algo parecido al terminar una práctica de yoga o durante una meditación. Durante unos segundos desaparece la necesidad de hacer, conseguir o demostrar nada. No falta nada. Simplemente eres.
Esa experiencia no viene de fuera. No nos la da la postura, ni la respiración, ni el silencio. La práctica únicamente aparta el ruido suficiente para que podamos reconocer lo que siempre ha estado ahí.
Por eso el yoga no pretende fabricar una nueva versión de nosotros mismos. No practicamos para convertirnos en personas más valiosas. No hacemos yoga para llegar a ser completos. Practicamos para recordar que ya lo somos.
Cada asana, cada respiración consciente y cada instante de meditación van retirando el polvo que cubre un espejo. El espejo nunca perdió su capacidad de reflejar la luz; simplemente había quedado oculto.
Eso es, en el fondo, el camino del yoga.
No añadir, no acumular, no convertirnos en alguien distinto… Sino recordar.
Recordar que detrás de cada emoción, de cada pensamiento y de cada cambio del cuerpo existe una presencia que permanece intacta.
Una presencia que es vida, que es consciencia, y que, en su naturaleza más profunda, es dicha.
Quizá nunca podamos comprender plenamente estas palabras con la mente, pero sí podemos empezar a reconocerlas en los pequeños momentos de silencio que la práctica nos regala.
Elige ser feliz!
Om Shanti!